viernes, 2 de marzo de 2012

La buena educación

La mala educación (P. Almodovar, 2004)
Estaba yo esta mañana desayunando tostadas con ajo, tomate, aceite y sal y un zumo de naranja recién exprimido acompañados de un té buenísimo de especias que me ha regalado mi amiga Mónica G. (no de Galán sino de Gemma) de Comercio Justo mientras leía en mi iPAD el Flipboard del instante -no hay una aplicación como ésta para los amantes de la prensa digital; si no la habéis probado os la recomiendo- cuando me topé con una foto de Lagerfeld. Leí el artículo, no sin cierta  mala baba, pensando a ver qué ha hecho ahora la criaturita... quiero decir... la caricaturita... 

En efecto, no me defraudó. Al parecer había dejado caer un comentario sobre lo gorda que está la ínclita Adèle... y de repente recordé un póster que encontré ayer en el muro de facebook de una aficionada a esas frases pegajosas que como antaño los power point, salpican nuestras vidas de dulzainas y corazones rosas cuando no de verdades absolutas y certeras -sí, Sheldon, esto es sarcasmo-. Rezaba así: prefiero ser sincero y odiado que mentiroso y amado. Hay que estar muy tonto... para empezar porque la elección es cuanto menos absurda -éste no se ha dado cuenta todavía de que, además del negro y el blanco hay unos cuantos colores...- y para continuar porque creo que se nos ha ido la pinza con este rollo de la sinceridad olvidando algo mucho más saludable para la convivencia:  la buena educación.

Adele L. Blue Adkins, 2011
Y hay dos matices que me gustaría hacer a este respecto:
1. La utilidad de la sinceridad y su relación indiscutible con la bondad (que no con el buenismo, me estremecen estos vocablos modernos de moda).
2. El sentido de la buena educación.
Con el primero me refiero a que ser sincero se considera bueno aunque yo no le encuentre la relación: es bueno el que hace bondades y la sinceridad, a veces, puede ser mala, muy mala. Además, la sinceridad tiene un fin: que el otro sepa la verdad pero la verdad en sí no existe, sólo existe mi verdad, tu verdad, la de ellos... La cuestión es que uno se comunica para algo, consciente o inconscientemente. Abre su boquita, su plumita o enciende su ordenador y empieza a soltar palabros esperando a cambio lo que sea: respuestas, apoyos, aplausos, algo de violencia... Uno no se expresa porque sí igual que uno no se viste porque sí -otra forma de comunicarse de la que ya hablaremos también-; toda acción tiene un significado. La función esencial de la comunicación es informar. Así es que Lagerfeld informa, como lo hace mi tía la del pueblo: estás gorda o estás flaca. Te informan sin maldad, por si no te habías dado cuenta... ¿por qué lo hacen? porque son sinceros.

K. O. Lagerfeld y su versión osa, 2008
Y esto nos lleva al segundo matiz: eres muy sincero, Lagerfelito, pero muy mal educado además de un tonto el haba si el comentario que se te ocurre sobre esta prodigiosa cantante es ése. Verás, en nuestra cultura, la occidental, ya no te digo en la oriental, hablar del cuerpo de los demás es algo vulgar, hortera y casposo. Las personas que se dedican a hablar del cuerpo propio o del de los demás -a no ser que sea un entrenador físico o un médico o un profesional relacionado con este asunto- reflejan cierta carencia de temas de los que hablar amén de un interés extraño por el continente ajeno que delata, la mayoría de las veces, lo que no tienen. Pero claro, esto de la buena educación también es muy discutible porque lo cierto es que lo que puede ser buena educación para mí no lo es para ti. Por ejemplo: en mi casa insultar es de mala educación pero ir a casa de alguien a insultarle es de cárcel. Si le insultas lo tienes que hacer en la tuya. Es decir: si yo te invito a mi casa a tomar un café, tú llegas y me dices que mis cortinas son horrorosas y que mi tarta de limón es insípida, eso es de una mala educación horrorosa aunque luego tú te empeñes en que no es con mala intención sólo que eres muy sincera. Pues tu sinceridad es una falta de decoro y si me apuras de autoestima porque poco te tienes que querer para querer tan poco a los demás...

Así es que ahí os dejo esta reflexión con nocturnidad y alevosía, invitándoos, no a que mintáis (que, por otro lado, ¿por qué no?) sino a que no digáis toda la verdad, la vuestra, porque es de muy mal gusto... casi tanto como el de parafrasearse ;-)

1 comentario:

  1. Guauu, que bueno.

    Suscribo, acompaño y apoyo lo que escribes. Desde la más pura sinceridad y sin intención de avivar fatuo ego. Lo describes certeramente cuando aseguras: "...poco te tienes que querer para querer tan poco a los demás". Es algo que desde pequeño me grabaron a fuego en mi educación.

    Nada que añadir... bueno sí, por dar más la lata diría que: decir siempre la verdad en ocasiones es contraproducente. (yo me entiendo)

    Abrzs

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